Museo de la Evolución Humana: mucho ruido y pocos huesos.

Cuando estudias en una ciudad fuera de tú tierra natal, es muy común recibir visitas y te ves en la “obligación” de mostrarle a esas personas los rincones más bonitos e interesantes del lugar. Desde que hace tres años me fui a estudiar a Burgos, he recibido diferentes visitas y, normalmente, todas llegaban con la mítica ilusión de visitar la gran Catedral de Burgos. Esto era fácil y confortante: un paseo por el casco viejo de la ciudad, una visita a la plaza en la que se encuentra este distintivo icono burgalés, unas fotografías bonitas y, si así lo deseaban, atravesar las puertas del monumento para conocer sus entrañas (las cuales, por cierto, muestran unas inquietantes a la par que desconcertantes luces de neón).

Ahora, la tendencia ha cambiado y, en mi opinión, de forma negativa. Actualmente todo el mundo siente cierta admiración e interés por conocer el “espectacular” Museo de la Evolución Humana. Un proyecto que ha conseguido atraer a cantidad de turistas que llegan directos para adentrarse en dicho museo con la intención de conocer todo sobre la historia del ser humano, su evolución y los “secretos” más llamativos de los yacimientos de Atapuerca, situados en lo que se conoce como Corredor de la Bureba.

Ayer fui por segunda vez a dicho museo (ya saben, las visitas deseosas por conocerlo) y hoy puedo decir que, al menos he ido de miércoles de tarde que es el día en el que la entrada es gratuíta. Muchas personas quizás no estén de acuerdo conmigo, otras tal vez sí; bueno, tal vez no, las hay: mis dos visitas han salido de él dándome la razón.

Una vez sales de él tu expresión puede que se asemeje bastante a la común “cara de póker” puesto que las expectativas que tienes al entrar al gran edificio que resalta en el centro de Burgos se van desmoronando a medida que empiezas a caminar y subir escaleras hasta llegar a la cuarta y última planta del bloque.

Un gran edificio para muy pocas cosas, así podría resumir mi opinión sobre el MEH. En sus cuatro plantas amplias y espaciosas, podemos encontrar numerosas pantallas, expositores con letras (sobre todo letras) y algunas zonas (no muchas) en las que se nos exponen algunos restos de huesos encontrados en los yacimientos. La verdad que, repito: en mi opinión, si no eres una persona que entra al museo con un ligero conocimiento sobre todo este mundo arqueológico, quizás termines encontrándote un poco perdido por sus pasillos.

Fue bueno repetir la visita para darme cuenta de que mis expectativas al salir tras la primera no estaban equivocadas ya que esta segunda vez volví a salir con la misma sensación. Eché en falta más exposiciones, más cosas interesantes que pudieran fascinarme al verlas. Sin embargo, me pareció excesivo el número de partes audiovisuales formadas por vídeos que, no digo que no fueran interesantes, pero sí excesivos e inútiles puesto que algunos incluso carecen de sonido que nos explique qué estamos viendo y porqué. Llegué a escuchar comentarios sobre la amplitud del museo y la posibilidad de haber reunido todo el contenido en una sola planta ya que bastaría; la verdad, opino lo mismo.

Pero, no todo es negativo en éste museo: en la segunda planta nos podemos deleitar con 10 maravillosas reproducciones de nuestros antepasados creadas de la mano de la prestigiosa Elisabeth Daynès, una francesa considerada una de las mejores especialistas en reconstrucción de homínidos a nivel mundial. Merece la pena acercarte uno por uno a ellos y sentir su más que realista mirada que, por un momento, consigue que te sientas rodeada del Australopithecus africanus, el Paranthropus boisei o el Homo neanderthalensis, entre otros.

Con este artículo no pretendo, ni mucho menos, quitarle a la gente las ganas de conocer el MEH o desilusionar a aquellos que tengan sobre su visita unas positivas expectativas. Es más, animo a todas aquellas personas que quieran acercarse a dicho edificio a conocerlo y  ver por si mismos qué es el Museo de la Evolución Humana de Burgos y que cada uno se cree su propia opinión sobre él puesto que, como dice el sabio dicho: para gustos, los colores.

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