Un viaje, mil historias.

Como muchos viernes, he vuelto a subir al autobús para volver a Asturias. Ocupo mi asiento, el 45 como siempre, y comienzo a sentir que ya queda menos. Pronto estaré respirando el aire asturiano. Me encanta ese asiento.  Es el punto desde el cual puedes apoyar tu frente en la ventana y observar el paisaje; o tumbarte tranquilamente y observar el panorama dentro del autobús. El paisaje atravesado no es que me emocione mucho, por lo que opto por lo segundo.

Tanta gente en un mismo autobús, compartiendo un viaje y ni siquiera sé cómo se llama la mujer que llevo a mi lado. Algunos ya si que conocen el nombre de su compañero: dos chicas han comenzado una conversación con la intención de luchar contra el aburrimiento. La mujer de mi lado, de unos 45 años, está en su mundo, concentrada en su pequeño reproductor de música y en que su peinado no se convierta en una odisea por pegarse una cabezadita, ni siquiera me ha mirado cuando le he pedido perdón por pisarle un zapato. Esto me hace recordar viejos compañeros de viaje agradables, como aquella chica que, tras horas y horas de viaje sin hablar, necesitaba deshaogarse. Venía de Zaragoza, visita familiar. El viaje se hizo muy ameno entre explicaciones de cómo cortarse el flequillo una misma o historias como la de aquel día en el que, de pequeña, se durmió y apareció en Barcelona. También recuerdo al joven árabe con el cual fue bastante imposible llegar a tener una conversación profunda pero que, con unas palabras en español, otras en inglés y un par de gestos, sabíamos comunicarnos tranquilamente. Y es que nunca hay no comunicación (a no ser que te toque con la señora del peinado y su reproductor de música). Siempre se tiene una leve conversación o comunicación con tu compañero, como aquella mujer que no sabía soltarse el cinturón o ese mítico “¿te bajas aquí?” (repito, a no ser que te toque con la mujer seria y peinada).

Dejo a mi compañera de asiento para observar más allá. Cuatro mujeres parecen haber dejado a sus maridos para irse de fin de semana loco a otro lugar, o tal vez son un grupo de solteras de oro, quien sabe. El hombre de detrás las observa manteniendo conversaciones propias de su hija, que juega a sacarme la lengua y esconderse; esta vez me ha tocado ser el entretenimiento de la niña.

Un hombre bien equipado con sus auriculares, su cojín para el cuello y su máscara para evitar que la luz le moleste, parece encontrarse en su fase REM más profunda. Mientras tanto, su compañera le observa nerviosa, tal vez pensando cómo va a posarse en su parada sin despertarle.

Ya no hay visionado de películas en el autobús (caprichos de la SGAE), así que dos chicos han decidido verse una película en su portátil. Compartiendo auriculares, patatas y una botella de agua, se les hace ameno el viaje. Y tan ameno, “¡ya estamos en León!”. Recogen rápidamente sus cosas y, con suerte, han hecho despertar al dormilón con un golpe en el respaldo. La chica aprovecha para hacerle ese gesto que, en el abecedario de signos del manual del viajante en autobús significa “¿me deja pasar que me bajo aquí?”. El hombre se abraza a su cojín y se sale al pasillo para dejar paso a la chica; a continuación ocupa el asiento de la derecha para apoyarse mejor y pegarse otra hora de siesta.

Arranca de nuevo el autobús y en él hemos quedado bastante pocos. La mujer de al lado también se ha ido (obviamente no me ha dicho adiós), así que me estiro cómodamente para seguir observando la poca gente que ha quedado. No se ha subido nadie nuevo. Las chicas que se acaban de conocer siguen con su conversación y justo delante, la pareja feliz del viaje sueñan con llegar ya a la playa para pasar un romántico fin de semana en soledad. ¡Qué pena que esté cayendo el diluvio universal! Pero bueno, ellos siguen con su sueño y si llueve, ya encontrarán otro modo de pasar estos dos días.

La música se ha metido en mi cerebro, creando una banda sonora para todas y cada una de las historias que van pasando por mi cabeza. Y parece que al joven del asiento 28 también le anima la música. Con las piernas en el asiento vacío de su lado, las golpea motivadamente, convertidas por un rato en su batería. La señora de su izquierda lo mira asustada. “¡Esta juventud …!”. Pero la personalidad desfasada de este chico contrasta con el del asiento 23, que lleva concentrado en sus apuntes todo el viaje. ¡Y menuda concentración …! Es un mérito estudiarte las leyes mientras el hombre de al lado te ronca a la oreja y la niña de delante llora desconsoladamente.

Estamos a punto de llegar a mi parada. Me voy poniendo la chaqueta, sin preocuparme de pegarle al compañero de al lado como otras veces. “Señores viajeros estamos en Mieres”. Bien, por fin. Echo un último vistazo al autobús y se uescapa na pequeña sonrisa entre mis labios, parece que los fuera a echar de menos. Bajo, recojo mi maleta y beso a mis padres. Nos dirigimos al coche, ahora les toca a ellos escuchar el resumen de mis casi tres horas y media de observaciones.

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